
GOODBYE AMERICA
Cuando Elias Quejereta le traslado a su amigo Sergio Oskman la idea de hacer un largometraje sobre “Pacifica Radio”, una emisora pacifista e independiente de Nueva York, no contaba con encontrar allí a un nonagenario con una historia mejor, la suya. Ese hombre era el actor Al Lewis y el activista de izquierdas Albert Meister. Pero esos nombres no significan lo mismo que Grandpa de la familia Monster, ese vampiro narcisista que brillaba con luz propia en las mañanas de La Bola de Cristal. Y no tuvieron más remedio que contarla.
Al Lewis siempre será recordado como el abuelo monster pero detrás del vampiro hay más, un hombre que se presentó a gobernador por el partido verde, locutor de una radio pacifista desde donde agitó las conciencias de sus conciudadanos, ojeador de baloncesto, hostelero, doctor en psicología, pasajero de avión que desafió a Henry Kissinger, activista de izquierdas, y un testigo de la historia americana del siglo XX.
Oskman sitúa a Lewis frente a un espejo, maquillándose para la última actuación del monstruo que le llevó a la fama y que supo utilizar para expresar sus opiniones. Así mientras se transforma, Lewis repasa la Segunda Guerra Mundial, la caza de brujas, Vietnam, el 11-S, Irak… En definitiva los acontecimientos más importantes de la historia estadounidense reciente y un recorrido por la vida de un lúcido abuelo. Y en este punto descubrimos que hay personas que no envejecen, porque aunque el espejo muestre a un hombre viejo, el reflejo se equivoca. Algunas personas desafían al espejo devolviéndole una carcajada ya que el rostro que ven reflejado no es más que una caricatura de ellos mismos y las arrugas del rostro y el temblor de manos no son más que partes del disfraz.
Igual que el vampiro es la memoria del mundo, Al Lewis es la memoria de América, y como buen abuelo muestra el disgusto que tiene con su nieto y le hace saber su decepción en la hora de su despedida. Y en un acto de entereza, consumido por la enfermedad pero sonriente, con un largo puro en la boca, le pega el último tirón de orejas a su país.
Muchas gracias Grandpa.
Cuando Elias Quejereta le traslado a su amigo Sergio Oskman la idea de hacer un largometraje sobre “Pacifica Radio”, una emisora pacifista e independiente de Nueva York, no contaba con encontrar allí a un nonagenario con una historia mejor, la suya. Ese hombre era el actor Al Lewis y el activista de izquierdas Albert Meister. Pero esos nombres no significan lo mismo que Grandpa de la familia Monster, ese vampiro narcisista que brillaba con luz propia en las mañanas de La Bola de Cristal. Y no tuvieron más remedio que contarla.
Al Lewis siempre será recordado como el abuelo monster pero detrás del vampiro hay más, un hombre que se presentó a gobernador por el partido verde, locutor de una radio pacifista desde donde agitó las conciencias de sus conciudadanos, ojeador de baloncesto, hostelero, doctor en psicología, pasajero de avión que desafió a Henry Kissinger, activista de izquierdas, y un testigo de la historia americana del siglo XX.
Oskman sitúa a Lewis frente a un espejo, maquillándose para la última actuación del monstruo que le llevó a la fama y que supo utilizar para expresar sus opiniones. Así mientras se transforma, Lewis repasa la Segunda Guerra Mundial, la caza de brujas, Vietnam, el 11-S, Irak… En definitiva los acontecimientos más importantes de la historia estadounidense reciente y un recorrido por la vida de un lúcido abuelo. Y en este punto descubrimos que hay personas que no envejecen, porque aunque el espejo muestre a un hombre viejo, el reflejo se equivoca. Algunas personas desafían al espejo devolviéndole una carcajada ya que el rostro que ven reflejado no es más que una caricatura de ellos mismos y las arrugas del rostro y el temblor de manos no son más que partes del disfraz.
Igual que el vampiro es la memoria del mundo, Al Lewis es la memoria de América, y como buen abuelo muestra el disgusto que tiene con su nieto y le hace saber su decepción en la hora de su despedida. Y en un acto de entereza, consumido por la enfermedad pero sonriente, con un largo puro en la boca, le pega el último tirón de orejas a su país.
Muchas gracias Grandpa.


